EVALUACIÓN DE LA ACTIVIDAD DE EXTENSIÓN SOBRE
FILOSOFAR CON NIÑOS. JULIO-DICIEMBRE 2011
La evaluación fue realizada de acuerdo a cuatro
puntos que el grupo consideró que habilitarían a un examen exhaustivo y útil de
los logros y las dificultades de esta experiencia. A continuación se despliegan
los puntos y las conclusiones tomadas de cada uno.
1. Condiciones para la aplicación
del programa de Filosofar con Niños (FcN) en la escuela pública. Cantidad
de talleristas, duración del taller, número de niños, recursos necesarios, etc.
a) En el caso de
llevar a cabo un nuevo proyecto. De acuerdo a las conclusiones extraídas de nuestra experiencia, es
importante señalar que si este trabajo se hace nuevamente como proyecto de
investigación además de como instancia práctica, se deberá tomar en cuenta que se
necesitan no sólo talleristas, sino participantes que alternen tareas de
protocolos, observación, desgrabación, entre otras, además de llevar adelante
los talleres y su planificación. Las horas trabajadas por cada integrante para
llevar a cabo todas estas actividades teóricas y prácticas en un proyecto de
investigación-extensión son aproximadamente trece horas semanales. Esto es útil
para ser realistas en el caso de planificar un nuevo proyecto (no
necesariamente de extensión pero sí de investigación), y pedir fondos.
b) Acerca de los
recursos humanos. En
cuanto a la aplicación del programa como tal, en la escuela pública, dejando de
lado esfuerzos de investigación, es importantísimo resaltar que los recursos
humanos necesarios para un taller de este tipo son claramente diferentes a los
recursos humanos tradicionales (no es la misma maestra con su misma formación,
ya que la temática y las actividades son diferentes). Más adelante se hablará
de estas características necesarias del tallerista.
c) Número de niños por
grupo. Se concluyó
que los niños deben trabajar en grupos pequeños para que se potencien las
virtudes del programa de FcN. En cuanto a la división de los niños en dichos
grupos, surgieron algunas dudas: ¿cómo dividirlos?, ¿qué criterio utilizar para
esa división en grupos? La conclusión es que no debería haber ningún criterio
en primera instancia, sino que el procedimiento debiera ser azaroso. No es
posible elegir los participantes de un grupo mezclando niños que gustan de la
dinámica de FcN con otros que no, o armando algún grupo “avanzado”, pues no es
posible prever las discusiones que se pueden generar. Un niño que nunca se
interesa por la filosofía puede ser el disparador de una discusión que gracias
a él lleven adelante los demás (y eventualmente puede verse seducido ella).
Pero una vez que el grupo ha sido dividido, ésta división deberá ser permanente
por un algún tiempo, para que se desarrolle esa específica comunidad de
indagación.
La división en pequeños grupos revela una
necesidad de mayor cantidad de talleristas que maestros tradicionales por
grupos.
d) Cantidad de horas
semanales de trabajo para el tallerista. FcN no es una enseñanza en masa. Además del
taller, el trabajo viene acompañado de una reflexión y una planificación basada
en dicho trabajo. Se requiere un seguimiento particular, no “cumplir con un
programa”, esto tiene que ver con un proceso cognitivo que está llevando
adelante una comunidad de indagación. Por eso la cantidad de horas no se
condice con el horario de clase, y tampoco tiene que ver con que el tallerista
tenga varios grupos del mismo nivel, y pueda planificar a la vez, porque cada
comunidad de indagación llevará por diferentes caminos la planificación de los
siguientes talleres.
e) Sobre el contexto
ideal para la aplicación del programa. Es también importante señalar cuáles fueron
las condiciones de nuestras observaciones. La condición socioeconómica de la
escuela ayudó a la aplicación del programa, ya que la clase estaba conformada
por niños adecuadamente vestidos, notoriamente bien alimentados, con todos los
útiles necesarios y, en general, de buenos modales. Queda la pregunta planteada
de qué pasaría en un contexto, por ejemplo, crítico.
f) Sobre el apoyo
desde la Dirección del centro de enseñanza. Otra observación que vale la pena hacer es que
un proyecto de este tipo debe de tener un contacto fluido con las maestras y la
Dirección. En esta experiencia no se dio por razones particulares como que la
maestra titular estaba con licencia médica, pero se observó que habría sido lo
ideal.
Algunas especificaciones respecto a este
ítem:
- Cantidad de talleristas necesarios – 1 cada 15 niños aproximadamente. Por eso se calcula que se necesitarían 2 por grupo. Los talleres deberían ser de una hora y cada tallerista necesitaría 4 horas restantes para evaluación, planificación y coordinación con el otro tallerista.
- Recursos para materiales – Los materiales necesarios son los estándar utilizados en la actividades corrientes de la escuela.
- Evaluación de la disposición de los asientos: sentarlos en círculo fue muy útil para la forma en que se trabaja de acuerdo a esta metodología.
2. Logros del proceso en
relación a los indicadores de progreso de las sesiones utilizados para los
protocolos de observación.
a) Sobre la limitación que el número de talleres nos impone para una
evaluación, y cómo esto eventualmente refleja una evaluación positiva. Según
García Moriyón, el programa de filosofía “se propone una intervención educativa
que debe durar tanto como dura la escolarización obligatoria, pues sólo de ese
modo se conseguirá tener un impacto eficaz y duradero”[1]. En consecuencia, nosotros
como grupo que realiza una primera experiencia de práctica de quince talleres
no podemos considerar ni exigir resultados o logros exhaustivos como producto de la intervención misma, ya
que claramente no es suficiente para dar
cuenta de un impacto profundo.
No obstante, sí podemos
contribuir en realizar algunas observaciones o reflexiones concretas de esta práctica particular para
visualizar potencialidades, posibilidades y barrer con negativas o formas de
ver a los niños como incapaces de participar de determinadas discusiones y de
poner en práctica ciertas destrezas de pensamiento crítico. Se vio que es del
todo posible que puedan hacerse preguntas, discutir sobre criterios, considerarse
a sí mismos como sujetos evaluadores de acciones y de decisiones, emprender la
tarea de dar razones para dar sus opiniones y puntos de vista. Los niños pueden,
en un marco de diálogo, enfrentar el cuestionamiento de sus puntos de vista (y de las razones que
los sustentan) por parte de otro sujeto.
Es interesante destacar que en
general mostraron que a pesar de su corta edad son capaces de disfrutar de un
diálogo y de experimentar la valoración de sí mismos en tanto que puede ser
valioso o tenido en cuenta lo que yo digo
o pienso sobre algún asunto.
En los talleres era claro que el tema
o cuestión a trabajar se proponía como abierto para pensar sobre él y no como
un contenido del cual me tengo que apropiar o aprender, modalidad clásica de un
centro de enseñanza. Es que en un centro educativo siempre hay alguien que
tiene el saber, “la maestra” y yo vengo a conocerlo, a aprenderlo. La modalidad
de FcN es definitivamente una ruptura
con esto, las cuestiones y los saberes como respuestas dentro de esta modalidad son entregados, puestos en tela de juicio o
surgen allí en colectivo
para pensarlos entre todos. En una metacognición salió como conclusión
que el poder de la filosofía es “ser más filósofos”, y “ser más filósofos” es,
entre otras cosas que se nombraron, “hablar entre nosotros”. Hemos intentado crear
condiciones para que los niños hablen entre ellos, con una premisa implícita
que por básica no deja de ser fundamental y es la apertura de las cuestiones
propuestas o que surgían allí. Entonces nos preguntamos: ¿hasta qué punto esto
no fue para ellos una novedad de la cual
disfrutaron?, ¿en qué medida esto no contribuyó a la valoración de sí mismo? Se
trata de poder experimentar la palabra con otros y el valor de “mi palabra”
porque hay alguien que viene a escuchar lo que pienso sobre x y no a “enseñarme
x”.
Esta manera de traducir lo que
para ellos va siendo la filosofía es una punta no menor, si tenemos en cuenta
que la propuesta de FcN es considerada como un modelo educativo, una propuesta
pedagógica y didáctica con bases epistemológicas éticas y políticas que, con
una metodología de comunidad de indagación, propone un cambio profundo en la enseñanza desde lo
epistemológico, pedagógico y didáctico.
Surge la pregunta: ¿en que medida
esa impulsividad en el hablar y el desespero por la palabra en detrimento de la
reflexividad no es en parte debido a que este era un espacio novedoso “para decir”,
un espacio en el cual se me pide
algo diferente, que “yo hable”? Cuando se pedía la palabra era frecuente oír
“yo quiero decir algo.” ¿Hay que
interpretar esto sólo como una manifestación de egoísmo por parte de los
niños, que es considerado natural a etapa de su desarrollo porque aún no han
sido educados para la solidaridad? Puede operarse y explorarse una lectura
inversa: ¿no estarán necesitados estos niños de decir, de ser reconocidos en
sus discursos o de espacios en los cuales ocupan otro rol? ¿Puede ser que estas
actitudes sean el producto de un cambio rupturista con los espacios que por lo
general habitan y las demandas que allí tienen?
Entonces podemos pensar que en la
tarea de hacer filosofía con niños en espacios educativos, hoy se nos revela un
doble desafío porque no es sólo incorporar contenidos llamados filosóficos sino
que además significa muchas veces ir en contra de concepciones arraigadas de
modelos educativos de teorías implícitas sobre el conocimiento, el saber, el aprendizaje, el rol como aprendiz, etc.
¿No produce el introducir FcN un choque
con las prácticas educativas en que se los escolariza?
Puede considerarse algo positivo
y una fortaleza de esta experiencia el hecho de que hemos intentado y logrado
generar condiciones para que estos sujetos comiencen el proceso de construir
una comunidad de indagación en cuanto a que “yo puedo decir”, “yo puedo pensar
algo”, un aspecto de autovaloración de los sujetos, que podría tener que ver
con el reconocimiento que da el coordinador, quien crea el dispositivo, las
condiciones para que la palabra circule para que el pensamiento se los sujetos
emerja.
Entonces, si bien no siempre se
puntearon bien en los protocolos de observación los ítems como “hay más reflexividad
que impulsividad”, o “se escucha con atención a los demás”, es posible que
estas supuestas carencias hayan revelado en realidad una apertura de los niños
a una metodología nueva que les brinda el espacio ya explicado, y que por lo
tanto una evaluación primaria en este punto deba ser positiva.
b) Sobre la división del grupo entre los que participan y los que no
participan, como posible evaluación negativa. En general en los talleres
sucedía que un grupo limitado (levemente variable de sesión a sesión) se
mantenían en la discusión
permanentemente y la seguía, mientras que el resto iba y venía en sus
intervenciones e incluso algunos estaban siempre distraídos. Eso nos motiva a
preguntar: ya que esta situación se da en un proceso de primeras prácticas ¿hay
que considerarlo como algo negativo, o como algo propio de estas primeras
prácticas? ¿Cuál es el límite a tener en cuenta en el grado de involucramiento
para que esto sea un problema? Es una pregunta que queda abierta para futuras
investigaciones.
c) Sobre el proceso de autorregulación y apropiación de la comunidad de
indagación. El tema de la
autorregulación de la escucha y del habla para la constitución de una comunidad
de indagación es esencial para su desarrollo y profundización de algunos de sus
fines, en la constitución de una individualidad crítica, creativa y solidaria.
La forma y el contenido de programa de FcN están implicados en sus partes más
esenciales. Desde este punto de vista, la dinámica o práctica educativa corriente difiere en la forma de la
constitución de la autoridad no como delegación sino como imposición, y el
desafío que nos debemos plantear es la forma en que podemos desarrollar en la
comunidad esa delegación entre todos los participantes. Para este fin, la descentración
se transforma en delegación de todos los participantes de las dinámicas de la
comunidad; tiene que existir un proceso de apropiación desde la singularidad de
cada uno y el reconocimiento de ello por sus pares. Esto estuvo presente en el
segundo y tercer talleres. En ellos, los niños trabajaron muy desordenados (más
allá de su natural inquietud), y ante la imposibilidad de trabajar en esas
condiciones, se aludió al respeto por nuestro trabajo, la posibilidad de la
pérdida de tal espacio si la disposición no mejoraba, y estos argumentos
demostraron haber servido en instancias posteriores. Viendo el desarrollo de la
comunidad, parece ser que la apropiación del grupo se dio en instancias de
intercambios de esa responsabilidad, pero no por la comunidad misma sino por
ser un espacio de expresión de su individualidad, no siendo conscientes de que
tal espacio es el que lo permitía. En un determinado taller que se planteó la
situación de realizar criterios para pasar la pelota la participación fue
profunda y amplia. Participaron todos, cada uno proponía criterios, y en la indagación
algunos niños asumían lo dicho y lo defendían con argumentos, e intercambiaban
opiniones y preguntas.
Resumiendo, la autoridad que se desprende de la
comunidad de indagación es por el respeto. El respeto en las relaciones
interpersonales comienza en el individuo, en el reconocimiento del mismo como
entidad única que necesita que se comprenda al otro. Consiste en saber valorar los intereses y necesidades de
otro individuo en un intercambio. Si mediante el respeto se consideran la
individualidad de uno y del otro, tiene que darse lugar a la diferencias de
creencias. Estas diferencias de creencias vitales se apreciaron en la forma en
que algunos niños cuestionaron nuestros propios criterios de pasar la palabra, así
como en el diferir de lo que opina otro compañero sobre un tema determinado. Estos
casos de cuestionamientos fueron una muestra de descentralización de la autoridad del tallerista como imposición.
Obviamente que para llegar a tales niveles de relacionamientos constantes de
una comunidad confluyen muchos factores que hemos nombrado sólo brevemente.
Veamos un fragmento de un exitoso
diálogo en el que la comunidad parece haberse autorregulado, ya que dos niñas
se apropiaron de la palabra sin necesidad apenas de la mediación del
tallerista. La temática era, como ya se mencionó más arriba, la justicia o
injusticia de los criterios para pasar la pelota en clase, que es el
dispositivo físico que representa el “dar la palabra”.
El argumento de la una niña,
Belén, es que el criterio “pasar la pelota a cualquiera” es injusto, que se
necesitan otros criterios más justos. Belén se lo explica a su compañera Lara,
que sostiene una posición diferente.
Belén: Suponete…una niña tiene la
pelota y le toca pasar a cualquiera y algunos ya hablaron y esta niña le pasa a
los que ya hablaron y no a los que no hablaron, por eso es injusto para los que
no lo hicieron. Suponete, Lara, le toca a cualquiera y se la pasa a alguien
que…, porque hay un montón que ya han hablado y hay unos que todavía no
hablaron, y Lara se la pasa a alguien que ya habló, o sea a cualquiera,
entonces es injusto para los que no hablaron.
Tallerista: Pero ahí vos estas
proponiendo un nuevo criterio, que es que ya hablaron o no hablaron… Y está
bien lo que decís… es interesante.
Lara: Si el criterio es a cualquiera
tenés más posibilidades de que te toque.
Tallerista: Vos por lo menos estás
planteando que cualquiera somos cualquiera… ¡Qué bueno! Hay un conflicto acá de
criterios.
Lara: ¿Por qué es injusto el
criterio cualquiera?
Belén: Porque son cualquiera.
Lara: Como cualquiera tenés más
posibilidades…
Belén: Porque hay algunos que ya
hablaron y les puede tocar a ellos y no a los que no hablaron.
Lara: Y eso qué tiene que ver con el
criterio “cualquiera”.
Belén: Porque hay cualquieras que ya
hablaron y cualquieras que no hablaron.
Lara: ¿Pero qué tiene de injusto, “a
cualquiera”? Porque si es a cualquiera tenés más posibilidades. Mirá, él es
cualquiera, vos sos cualquiera, cualquiera es cualquiera… ¿Entendés?
Belén: Yo ya sé que
cualquiera es cualquiera…
Luego el diálogo se abre y sigue por
otros derroteros, pero podría considerarse que éste es un ejemplo propiciado
por la dinámica del taller que muestra uno de sus logros.
Una de las críticas que hacemos
de la experiencia es que tal vez por el tiempo acotado no pudimos realmente
despertar en ellos la pregunta todas las veces que hubiera sido deseable.
Cuando se empezaron a apropiar de la dinámica, empezaron a ver las preguntas
como una tarea. Se les pedía por ejemplo “¿qué preguntas les surgen de leer
este texto?” y de esa incitación inicial podían luego seguir surgiendo
preguntas en forma más natural, pero fueron pocas las veces en que las
preguntas salieron inicial y genuinamente de ellos. También puede esto deberse
a la necesidad de un mayor tiempo de trabajo con el grupo.
3. Trabajo del coordinador y
decisiones de planificación, en
particular el tema de la continuidad
del trabajo en los talleres y las propuestas renovadoras para cada
taller.
a) Acerca de la continuidad en relación al material utilizado. Nuestras
observaciones nos llevan a conclusiones que fluctúan entre la convicción de que
es importante seguir los textos de Lipman, porque son modelo a imitar de
indagación, y la necesidad de intercalarlos con textos alternativos. En esta
experiencia hemos probado ambas cosas, y las conclusiones personales han sido diversas.
Por una parte, las novelas que Lipman
construyó son una virtud, son un método didáctico y pedagógico de filosofar,
que no hay que descartar. Pero por otra parte, nuestra experiencia ha
demostrado que sí es viable la utilización de textos alternativos, aunque estos
últimos no tienen la virtud (al menos no los que trabajamos) de mostrar niños
filosofando. Es decir, el texto es modélico y sirve para transmitir habilidades
que los niños no adquieren en la vida cotidiana. Otra ventaja de seguir una
novela es que los niños se encariñan con el personaje. En el caso de la novela
utilizada (Pixie), que está relatada
en primera persona, esto hace más fuerte aun la identificación con el
personaje. Otras novelas de Lipman, las dirigidas a niños mayores, son en
tercera persona y muestran varios puntos de vista de los distintos
personajes.
Por otra parte, también hemos
concluido que no es necesario tratar una novela de Lipman de principio a fin.
Es posible comenzar un capítulo, y luego detenerse a trabajar con lo que sucede
en ese episodio, profundizar hasta que se agota y luego cerrar y continuar
adelante. Se puede alternar con otros textos, y si a fin de año no se logra
terminar la novela, siempre la pueden terminar de leer en el verano en sus
casas, como en nuestra experiencia.
Sin embargo, si bien las lecturas
son importantes, no hay que olvidar que otros tipos de actividades que no
tienen que ver con la lectura son igualmente estimulantes, como la
sensibilización o el trabajo alrededor de problemas a solucionar, como las
adivinanzas.
Las nuevas generaciones puede que
disfruten más de lo televisivo, lo visual, por lo tanto la utilización de
material audiovisual sería útil, aunque no lo hemos hecho porque no disponíamos
de insumos técnicos.
En definitiva, la continuidad no
pasa por seguir la novela sino por el trabajo y el rumbo que va tomando el
grupo. Es una confluencia del rumbo que toma el grupo y las decisiones del
coordinador. Se sigue una novela, se profundiza hasta que se agota lo que el
grupo quiere trabajar antes de continuar con lo que sigue, y a veces pasa que
en una novela no se llega hasta el final. La novela puede proporcionar el
dominio temático de un aspecto más que otro, pero no da necesariamente un hilo
que se ha de seguir. La novela está abierta, tiene una tendencia (en Lisa es la ética por ejemplo.), pero en
realidad lo que pueda sucederse de cada capítulo puede ser abierto. Siempre de
un tema puede salir otro e irse modificando sobre la marcha, pero sigue
teniendo sentido porque salió de ese lugar, el hilo es la comunidad.
Incluso no se puede tener una
idea de antemano e ir guiando al grupo hacia ella. Se reconoce que en nuestros
talleres pudo haber por momentos “cierto grado de manipulación”, pero que no es
la idea que esto suceda. No se trata de dar explicaciones de cómo son las
cosas, de ser “catedrático”, de hacer síntesis forzadas que nunca se dieron en
la comunidad.
Se plantea que es bueno conocer
las novelas, porque si un personaje es adecuado para una edad, se puede empezar
por allí, porque “da pie”, después se sigue el hilo por donde se crea, con un
video o lo que sea, y de repente lo que se está trabajando le recuerda al
tallerista una parte de la novela, y entonces se puede volver al mismo
personaje. La novela no es el hilo conductor sino un punto de partida para
nuevas discusiones y trabajos.
Ha surgido entre nosotros una
crítica a las novelas de Lipman, de que las supuestas edades a las que están
dirigidas las novelas no se corresponderían del todo con los contenidos de las
mismas (en parte demasiado complejos). Se plantea que eso es porque los
personajes son modelos inspiradores. Lo que Lipman quiere es poner en formas
cotidianas, los modelos a los que uno aspira. Pero la forma de hablar a veces
es demasiado alejada de la realidad, y si se tiene un modelo que se aparta demasiado
de la realidad se pierde su eficacia.
b) Sobre la planificación. Se ha sentido en nuestra experiencia que
la estructura de planificar talleres puede ser limitadora. Si bien surgían
cosas interesantes e importantes, el hecho de tener una planificación que
restringe un taller, hace que el
tallerista termine llevando la discusión a eso, y eso corta la posibilidad de
continuar con algo genuino que surge ahí. Se pone como ejemplo el “taller del
escorpión” (taller nº 6) por considerarlo paradigmático, en donde los niños
formularon preguntas con las que podríamos haber seguido trabajando y no lo
hicimos, porque se terminaba el tiempo, y al siguiente taller teníamos otras
cosas para hacer. Cuesta mucho la flexibilidad ante la planificación, y hemos
pensado en planificar de otro modo, no tanto en talleres sino en temas que se
quieran trabajar: planificar las preguntas y los trabajos sobre esos temas, por
ejemplo preparar cinco temas, y cuando vayan surgiendo en la discusión ya se
sabe que es un tema que interesa trabajar, se tienen pensados recursos para
trabajar.
Pero en nuestras discusiones no
lo vimos viable. En realidad la idea sería que los contenidos y materiales que
se quieran trabajar se deberían no pensar por talleres, sino como temáticas que
atraviesan todo el año lectivo. Se deberían tener preparados tópicos de
antemano, pero no pretender que lo que se pensó coincida con el proceso que
hagan los niños en un momento determinado. Esta idea surge como consecuencia de
la observación de las veces en las que aparecían temas en los talleres que
sabíamos que nos interesaba trabajar, y sin embargo no les dimos cabida por
seguir un plan. De cualquier manera, esta es una cuestión difícil de manejar, y
queda abierta a futuras investigaciones.
c) Sobre el coordinador del taller o tallerista. En primer lugar
nos interesa introducir el tema de la autoridad del tallerista en un espacio en
el que, justamente, la autoridad no debe de tenerla el tallerista sino que es
compartida por toda la comunidad de indagación. De esa aparente contradicción
salen las siguientes conclusiones.
Si estamos de acuerdo en que la forma en que se
dirige la clase tradicional es unidireccional, es decir desde la maestra-autoridad
se inicia la actividad con información que se provee para creer en ella, no
para dudar de ella, esto debe ir necesariamente de la mano de una forma
determinada de interacción. Esto se reflejó en momentos iniciales como durante
las primeras lecturas de la novela Pixie
frase a frase por los niños. La lectura por parte de los niños fue de un nivel
sonoro bajo, ya que leen a un volumen considerablemente menor del que hablan,
provocando que los demás se distrajeran y hablaran entre sí, y sólo escuchaban
al que leía cuando era el compañero de al lado, porque así podían saber qué les
tocaba leer a ellos. Cuando el tallerista tomó finalmente las riendas del texto
y lo leyó completo, hubo bastante atención. En este punto se hizo evidente que
se prestan considerablemente más a
"atender a la autoridad" que a escucharse entre sí.
Esa es una práctica que la metodología de FcN
se plantea como desafío modificar. Poco a poco la autoridad del tallerista debe
de dar paso a la autoridad de la comunidad basada en el respeto, como ya fue
dicho más arriba. En nuestras pocas sesiones, sin embargo, si bien se hicieron
algunos avances, no se llegó a un nivel satisfactorio de traslación de la
autoridad desde el tallerista a la comunidad.
Sobre las prácticas que los
talleristas deben abandonar debido a que no son beneficiosas, se destaca el parafraseo.
Ante el hecho de que muchos
niños hablan bajito (en sus intervenciones) y los demás están conversando, el
tallerista tiene la necesidad de parafrasear en alta voz lo que los niños han
dicho, lo cual no alimenta la necesidad de escucharse entre ellos. Por otra
parte, es importante para el tallerista recordar que las preguntas que esperan
respuesta “sí” o “no” no son lo suficientemente ricas para generar instancias
de diálogo.
Siguen siendo un reto para el
coordinador el uso de las preguntas socráticas para hacer avanzar la discusión
en el sentido de profundizar una indagación, el hacer preguntas adecuadas en el
momento adecuado. Es muy útil a esos efectos el observar a otros talleristas
coordinando como una forma de aprendizaje, apreciando cómo formulan las
preguntas, sobre qué aspectos se detienen y cuáles parecen en el momento como
preguntas dinamizadoras del diálogo. Ver a otros coordinar es fundamental para
apreciar estos detalles que como
coordinador en el momento no es posible ver. Una metodología para trabajar este
aspecto consiste en grabarse y analizar las preguntas que se hicieron, de qué
tipo son, en qué momento se hicieron, como un ejercicio para mejorar las
practicas. Este punto tiene que ver con incorporar el coordinador habilidades del pensar crítico. Con lo cual
es importante que los coordinadores tengan
experiencias de participar en comunidades de indagación, vivenciarlas y
seguir haciéndolo como forma de incorporar esas habilidades también.
Nos quedaron preguntas sin responder acerca de
la forma de tratar la conducta de los niños. ¿Debe la maestra permanente del
grupo estar presente? En nuestra experiencia ella participó regulando la
conducta de los niños, apoyando en algún sentido al tallerista. Pero ¿es eso
conveniente? ¿No debería la comunidad junto con el tallerista regularse por sí
misma? Y por otra parte, cuando la conducta de los niños se sale de lugar y no
permite trabajar, ¿cuáles deben ser las formas en que el tallerista llame la
atención a esto? Ciertamente no con castigos, y tampoco con calificaciones.
También está la temática acerca de la actitud
corporal. El niño para estar atendiendo ¿tiene que estar necesariamente quieto?
Belén, por ejemplo, estaba siempre en movimiento y siempre atenta. ¿Se debe
incorporar esto a los talleres de filosofía? Porque una maestra tradicional no
lo suele tolerar. ¿Nosotros sí?
Esto temas quedan abiertos para ulteriores
investigaciones.
d) Acerca de
propuestas de trabajo exitosas: Acerca de las preguntas formuladas por el coordinador del taller,
es interesante poner como ejemplo el taller 4, donde se llevó a cabo el del juego de la adivinanza de “las
empanadas de frutilla”. Se rescata lo útil de este juego, donde los niños
construían sus nuevas ideas sobre lo que habían dicho los demás. Este tipo de
juegos, en el que hay que escuchar lo que dice el otro para seguir
construyendo, son sumamente útiles. Los niños trabajan en las pistas para la adivinanza,
y cuando alguno hacía una pregunta fuera de lugar (es decir que ya se tenía
información al respecto de lo que esa pregunta pretendía averiguar), los demás
le respondían desde otras preguntas hechas por otros compañeros.
Puede decirse que el trabajar con pistas fue
una metáfora muy buena sobre cómo construir conocimiento entre todos. Es una
pena que no se volvió a hacer un taller similar. La forma en cómo construir un
conocimiento, como piezas de un rompecabezas que van a aportando todos, fue
brillante pero no se aprovechó en talleres sucesivos.
4. Valoraciones sobre las
etapas del taller: Sensibilización, Lectura-Discusión y Metacognición.
Se discutió más arriba sobre la
continuidad de las propuestas taller tras taller. Una de las sugerencias que
surgieron a partir de esta cuestión es que un taller podría tener el rol de la
sensibilización para ver cómo los niños toman y dirigen la temática, otro
taller estar dominado por la lectura, que en el otro se formulen las preguntas,
en el otro se elija y discuta una pregunta en particular, y así sucesivamente.
De cualquier manera, en cada taller debería haber también una especie de
estructura, sensibilización, discusión, y cierre, pero la parte dominante de
cada taller permitirá redirigir el próximo taller hacia los intereses de los
niños. Por ejemplo, un texto propuesto para discutir la relación mente-cuerpo
puede ser dirigido por los niños hacia una temática lateral que les pareció
interesante. El tallerista entonces podría planificar para el siguiente taller,
centrado en el planteo de preguntas, sobre la base de este interés específico
de los niños. De cualquier manera, esto no fue puesto en práctica y no podemos
asegurar que funcionaría.
Por su parte, se destacó la importancia de las metacogniciones. Es
necesario profundizar más su papel, cuidando su tiempo e importancia a pesar
del desgaste que implica todo el desarrollo del taller. Por eso nuevamente habría que reconsiderar los tiempos. ¿Más
vale un taller corto pero con un producto o logro explicitado?, ¿o un taller
largo pero vago y ambiguo su final sin una metacognición clara? Ciertamente la
primera opción es la preferible. La metacognición siempre es importante, y la
temática que se plantee en esta etapa puede variar, desde qué aprendimos, pasando por qué
cosas discutimos, hasta en qué cosas discrepamos. Algo que posibilite que el
niño pueda contar lo que fue el proceso. Incluso puede tratarse de alguna opinión
que tenía un compañero, acerca de la cual otro niño pensaba que estaba equivocado. Es una síntesis del taller, que puede
consistir simplemente en
explicitar una discrepancia, o darse cuenta de que llegamos a esta respuesta
parcial, o que en este problema hay tres respuestas. El logro no tiene porque
ser algo que cierre definitivamente un tema. El logro puede llegar a ser una
duda, “hoy el logro de este taller fue que dudamos sobre esto que antes
creíamos era de tal modo”, o incluso “que este tema resulta complejo”. La metacognición tiene el objetivo de hacer
explícitos los procesos de pensamiento y recoger lo que se hizo en el taller.
[1]
F. García Moriyón, La estimulación de la
inteligencia, Madrid, Ediciones de la Torre, 2002, p. 21.
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